Al fin y al cabo eres mortal. ¿Qué esperabas?

Era descarada, siempre con su pelo desaliñado como su corazón. Antes era capaz de romper amaneceres con tan solo una media sonrisa. Pero se desinfló. Y el silencio la ocupó eternamente, algo se columpiaba en su garganta que no dejaba que su voz se escapara.

¿Qué se podía ver en ella?

Le gustaba el invierno, el café frío, sentir la nariz fría, jugar con el vaho en los días de frío y el olor a la lluvia. De tanto frío se convirtió en un témpano frío y podrido.

Solo era una simple terrícola, estúpida y mortal. Su carne desgarrada era atravesada por sus huesos, pero ya no se inmutaba por ello. Era su tortura.

Oh Prometeo, como te entiendo.